lunes, 16 de mayo de 2011

Los pocillos, Mario Benedetti

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro. "Negro con rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.

"El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.

La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?", preguntó ella. "El encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana."

Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias. Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?

"Este mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto.

"No."

"¿Querés que te sea sincero?"

"Claro."

"Me parece una idiotez de tu parte."

"¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."

La época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.

"De todos modos debería ir", apoyó Mariana. "Acordate de lo que siempre te decía Menéndez."

"Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree en Milagros.

Yo tampoco creo en milagros." "¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano."

"¿De veras?" Habló por el costado del cigarrillo.

Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido -sinceramente, cariñosamente, piadosamente- protegerlo.

Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.

Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.

"Que otoño desgraciado", dijo, "¿Te fijaste?" La pregunta era para ella.

"No", respondió José Claudio. "Fijate vos por mí."

Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias", había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.

A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.

"Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio, "a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme."

"También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte."

"Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo." La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.

Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.

"Ahora sí podés calentar el café", dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.

Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.

Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.

"No lo dejes hervir", dijo José Claudio.


La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.

Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo."


Sin tiempo, intento no correr y de esa forma el tiempo no avanzara...
Intentando ser, quien deje de ser, por culpa de un par de diagnósticos que no quería saber...
Hoy todo parece normal, o por lo menos intento de que así sea..
VIDA NORMAL, VEN POR MI...

jueves, 28 de abril de 2011

CUANDO YO NO ERA POETA... JORGE TEILLIER =)

Cuando yo no era poeta
por broma dije que lo era.

Yo no había escrito ningun verso
pero admiraba el sombrero alón
del poeta del pueblo.

Una mañana me encontré en la calle con mi vecina.
Ella me preguntó si de verdad era poeta.
Ella tenía catorce años.

Esa vez llevaba un ramo de ilusiones.
Despues una anémona en el pelo.
La tercera vez un gladiolo entre los labios.
La cuarta vez no llevaba ninguna flor,
yo le pregunte el significado de eso a las flores de la plaza
que no supieron responderme.

Ella había traducido para mí poemas de Ferdinand von Saar.
Yo no le dí nada a cambio.
No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.

Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44.
Eso me daba insomnio.
Me encerré mucho tiempo en mi pieza.

Cuando salí la halle en la plaza y no me saludo.
Volví a mi casa y escribí mi primer poema.

martes, 26 de abril de 2011

Un ingenioso Hidalgo

Cuando me dijeron que debía leer el Quijote de la mancha, debo asumir que sentí miedo al recordar aquel libro gigante que se encontraba en mi casa y que mi profesor de literatura decía enfáticamente que él no quería que estudiantes de segundo año de pedagogía media en lenguaje leyeran el resumen del resumen.

Hoy cuando ya me he familiarizado con el tema y el Quijote me ha hecho pasar muy buenos momentos, debo decir que me encanta, que su inocencia o ingenuidad me llenan los días de risas, que sus explicaciones básicas sobres las cosas obvias como por ejemplo el nombre de su caballo “rocinantes” porque se llama así? Porque antes ya era un rocín, entonces ahora es un “ROCINANTES” o el eterno amor a su dulcinea del toboso, que aunque el mundo le dijiera que le faltaba un ojo, un brazo para él seguía siendo una princesa que el debía rescatar. Su vecino y leal amigo sancho panza quien a ratos llenaba el libro de cordura (muy poco necesaria) donde intentaba hacer que don Alfonso Quijada lograra ver que los gigantes eran molinos de viento inofensivos.

Toda la historia comienza porque don Alfonso Quijada según el mundo se volvió loco luego de leer muchos libros sobre caballeros andantes y su sobrina , el cura, el barbero y su ama de llaves deciden quemar sus libros y justificar todo como que un hechicero (y no los de Selena Gómez) maligno los hizo desaparecer.

Recién voy en el capítulo XX y me quedan otros XXXII por terminar la primera parte del libro y estoy maravillada, a veces me gustaría convertirme en una “caballera andante” y luchar por causas creadas en mi mente para justificar cosas injustificadas y defenderme de los molinos de vientos que a mí también a veces me parecen gigantes malignos contra mi.

En un mundo de locos donde que se creen cuerdos, el único cuerdo pasa hacer loco

miércoles, 20 de abril de 2011

Ojos con miedo

Me miro al espejo y no me reconozco, siento miedo y no lo puedo evitar, no me atrevo a dormir y que ya sea mañana, no quiero más malas noticias en mi vida, he decidido que ya es suficiente que es momento de sonreír y no mirar más atrás, pero el miedo me inunda y no está la O.N.E.M.I para decir que estoy en estado de alerta. ¿no entiendo, porqué quiero llorar? ¿por qué estoy tan asustada? Quiero gritaaaaar que siento miedo, que ya no puedo más , pero en el fondo sé que puedo más que esto es solo un paso un pequeño paso para construir un futuro mejor, no sé que mierda me pasa…. MIEDO MIEDO MIEDO MIEDO MIEDO!!!! Y no se va de acá, no quiero que sea mañana ya no quiero nada más, solo quiero una vida normal, es mucho pedir?

domingo, 17 de abril de 2011

DIAGNOSTICO RESERVADO..

Eso es lo que dice mi certificado de éxamenes... quien tan reservado es, no lo sé... muchas palabras raras que ni todos mis años de medicina autodidacta me hacen comprender y al final dice "diagnostico reservado"... no sé que significa y no sé si quiero saber... no estoy lista o si lo estoy?
Hoy será una larga noche, de pensamientos nocturnos y miedos fantasmas...
No le tengo miedo a los fantasmas, tal vez no a todos, quiero a mis fantasmas, los míos propios lo que no son de nadie más que mios, los necesito conmigo ahora!!!!

IF YOU EVER FEEL NEGLECTED,
IF YOU EVER THINK ALL IS LOST,
I'LL BE COUNTING UP MY DEMONS, YEAH,
HOPING EVERYTHING'S NOT LOST,
EVERYTHING'S NOT LOST,

WHEN I COUNTED UP MY DEMONS.
I FOUND THERE WAS ONE FOR EVERY DAY,
WITH THE GOOD ONES ON MY SHOULDER,
I DROVE THE OTHER ONES AWAY.

IF YOU EVER FEEL NEGLECTED,
IF YOU THINK ALL IS LOST,
I'LL BE COUNTING UP MY DEMONS, YEAH,
HOPING EVERYTHING'S NOT LOST.

WHEN YOU THOUGHT THAT IT WAS OVER,
YOU COULD FEEL IT ALL AROUND,
EVERYBODY'S OUT TO GET YOU,
DON'T YOU LET IT DRAG YOU DOWN.

'COS IF YOU EVE FEEL NEGLECTED,
IF YOU THINK THAT ALL IS LOST,
I'LL BE COUNTING UP MY DEMONS, YEAH
HOPING EVERYTHING'S NOT LOST

SINGING OUT OH YEAH (x3)

EVERYTHING'S NOT LOST,
COME ON YEAH, OH YEAH, COME ON YEAH,
EVERYTHING'S NOT LOST,

OH YEAH, OH YEAH, OH YEAH
EVERYTHING'S NOT LOST,
COME ON YEAH, OH YEAH,
COME ON YEAH X2
OH YEAH, COME ON YEAH,

EVERYTHING'S NOT LOST
SING OUT YEAH
COME ON YEAH X2
EVERYTHING'S NOT LOST
COME ON YEAH, OH YEAH
SING OUT YEAH
EVERYTHING'S NOT LOST

jueves, 14 de abril de 2011

FANTABULOSO

Ya es jueves, que fantabulosoooo... Llega el fin de semana más esperado de la vida...
Sin nada que estudiar, sólo tiempo para pololear.... y tal vez algún karaoke de la fraternidad o otro asado de la discordia no lo sé... pero eso ya es parte de la semana pasada es decir ya es historia.. Fin de semana voy por ti....