When you try your best, but you don't succeed When you get what you want, but not what you need When you feel so tired, but you can't sleep Stuck in reverse When the tears come streaming down your face When you lose something you can't replace When you love someone, but it goes to waste Could it be worse?

Los días avanzan y yo no logro caminar al mismo paso que tu vas..
A veces me pregunto qué hice mal o porqué, ya nada es igual?
Los días se han vuelto rutinarios y tú no haces nada, solo reclamas y te haces el cool, culpándome de todo, haciéndote parecer la pobre victima de la situación.
Hace una año o tal vez más, los días estaban llenos de arcoíris y hasta las nubes eran felices, no importaba si teníamos que compartir una sopaipilla o esperar eternas horas para poder tener 15 minutos juntos, hoy siempre estás ocupado y no existe la ley de mínimo esfuerzo, si la respuesta es no, te quedas con eso y prefieres compartir con tú mamá o tus hermanos antes que conmigo,
¿Hace cuanto tiempo no vamos al cine? ¿Hace cuanto tiempo no caminamos juntos? ¿Hace cuanto tiempo no dormimos siestas? ¿Hace cuanto tiempo no me extrañas?
En qué momento todo se convirtió en rutina, en qué momento deje de ser lo que más amabas en la vida, en qué momento deje ser tu mayor orgullo y pase a hacer la bruja?
Mi cabeza está llena de preguntas que tú no puedes responder, porque probablemente te de lata y prefieras seguir en tu cómodo sillón. Tus respuestas son siempre las mismas “déjate de webiar” “ándate a la chucha” “ya y que más”. He caminado la parte más difícil sin ti, sin hacerte cargo de tus responsabilidades, y no me importo, me acostumbre a los dolores sola, sin ningún brazo que apretar cuando ya no aguantaba el dolor, solo sé que ya nada es igual y si este es el nuevo nivel de juego yo no estoy dispuesta a jugarlo, porque me está haciendo daño y tú no te logras dar cuenta. Me has hecho sentirme el insecto menos importante del reino animal, y ni siquiera así te logras dar cuenta que me está pasando, tus días sin mi son distintos, al parecer están llenos de buenos momentos en los cuales yo no comparto ningún rol, ya que están todos los papeles ocupados.
Me estoy cansando de buscarte, para que solo me encuentres y te sirva en el rol menos importante, ya que es la única necesidad que tienes al no verme, las demás cosas pasan por alto.
Ya no te importa el cómo amanecí o como me siento? Ya ni siquiera tienes tan claro cuáles son mis ramos o a qué hora salgo de clases, y sabes porqué? Porqué ya no me necesitas y de a poco yo también te estoy dejando de necesitar… Si yo no hago esfuerzos tú tampoco estás dispuesto hacerlos, yo ya me cansé de hacer todo y tu nada..
Yo necesitaba que ahora más que nunca fueras mi contenedor y me las he tenido que bancar sola, cada dolor, cada reto, cada pregunta, todo sola y tú? Preocupado de qué? Yo no sé , ya que hace tiempo yo deje de ser una de tus preocupaciones.
Yo no estoy dispuesta a tener un pololo imaginario que solo me busque cuando tiene ganas y no precisamente de verme. Que solo me ame cuando este triste y necesite un abrazo, o cuando el mundo no lo entiende, y a mi quien me ama? Cuando tengo pena o cuando necesito un abrazo o cuando los dolores no me dejan caminar y tengo que inventar mi mejor sonrisa para que nadie note lo mal que me siento y lo mucho que te necesito..
Quiero respuestas y las tuyas ya las conozco todas, “para mí un tiempo es como terminar” “si terminamos es para siempre” “quieres llamar la atención” “seguramente te querí comer algún weón” . Y la verdad es que yo estoy intentando estar mejor y tu no me ayudas en nada.
T e amo pero ya no sé si es suficiente para soportar todo esto…
El espejo que no podía dormir
Augusto Monterroso
| Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico. |
El dinosaurio
Augusto Monterroso
| Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. |
El burro y la flauta
Augusto Monterroso
| Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta. Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia. |
La honda de David
| Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David. Pasó el tiempo Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada. David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente. Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños. Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo. |
La oveja negra
| En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura. |
Epitafio encontrado en el cementerio
Monte Parnaso de San Blas, S.B.
| Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare; Escribió una novela: dijeron que se creía Proust; Escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov; Escribió una carta: dijeron que se creía Lord Chesterfield; Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese; Escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes; Dejo de escribir: dijeron que se creía Rimbaud; Escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto. |
Un día de estos.
Gabriel García Márquez
El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
Después de la ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
-- Papá.
-- Qué
-- Dice el alcalde que si le sacas una muela.
-- Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
-- Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
-- Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
-- Papá.
-- Qué.
Aún no había cambiado de expresión.
-- Dice que si no le sacas la mela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
-- Bueno --dijo--. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
-- Siéntese.
-- Buenos días --dijo el alcalde.
-- Buenos --dijo el dentista.
Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.
Don Aurelio Escovar le movió la cabeza hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una presión cautelosa de los dedos.
-- Tiene que ser sin anestesia --dijo.
-- ¿Por qué?
-- Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
-- Esta bien --dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, mas bien con una marga ternura, dijo:
-- Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
-- Séquese las lágrimas --dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose. "Acuéstese --dijo-- y haga buches de agua de sal." El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.
-- Me pasa la cuenta -dijo.
-- ¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:
-- Es la misma vaina.